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La madre de las virtudes: la prudencia

La madre de las virtudes: la prudencia

"¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así…". (Mateo 24, 45-51).

Una de las actitudes que más pueden perturbar la vida comunitaria y el crecimiento del discípulo en su conformación a Cristo y el adecuado cumplimiento de la Divina Voluntad es la impulsividad; que se manifiesta como prisa, como imprudencia y puede llevar a la sobrepreocupación, fatiga, estrés e incluso desilusión.

Los discípulos no estuvieron lejos de ello. Recordamos a los dos hermanos “Boanerjes” sugiriendo un castigo de fuego sobre quienes no recibieron a Jesús (cfr. Lc 9, 54); o Pedro, hablando sin sentido en el Tabor corrigiendo al Maestro (cfr. Mt 17, 4; 16, 22); o Martha, reclamando a Jesús por su hermana sentada a sus pies (cfr. Lc 10, 40b).

El imprudente piensa que las cosas dependen de él. Así, las personas, las cosas, hasta el tiempo, se vuelven obstáculos o sus adversarios, o también se hace dependiente de aquello mismo que saca como excusa.

El imprudente no sólo se angustia a sí mismo, sino que cansa o perturba a otros, tiende a juzgar o responsabilizar a otros de la no consecución de sus logros.

Santa Faustina, nuestro modelo en la Escuela de la Misericordia, no fue exenta de ello: al ingresar al convento también vivió esta situación, (Cfr. Diario 17-18). Tras un largo año de trabajo como empleada doméstica, para recoger la dote para su ingreso al convento, ingresa al convento en Varsovia. Sin embargo, a pesar de todo el entusiasmo que trae, el sentimiento de haber sido recibida por el mismo “Dueño de la casa” (Diario 14), y de haberse sentido tan “sumamente feliz”, en tres semanas sus ideales de vida religiosa se tornan en desilusión y toma la decisión, sin consultar, de dejar la congregación.

Al dejar “clavar” la idea en su corazón y no contar con una guía a tiempo, va llenándose de inquietud, angustia y descontento, como ella misma afirma, “no sabía qué hacer conmigo”. Providencialmente el Señor, que tiene Su plan salvífico, se le hace presente y le reclama “me vas a herir dolorosamente”. Prontamente la santa aprende su primera lección. La prisa, los apremios, inquietan, fatigan y hasta hieren el corazón del Señor.

En muchos momentos la persona imprudente, no busca consejo, sólo busca quién le “acolite” sus ideas, como santa Faustina cuando, en cierto momento busca a su confesor, el p. José Andrasz, con la decisión ya tomada de salir de la congregación, (ver Diario 655-657). La respuesta del confesor, en primera instancia le gusta, puesto que éste le sigue la corriente, mas, no siendo esto la voluntad de Dios, le traerá nuevas inquietudes. Es el Señor quien le dará la respuesta indicada. La santa aprende así, paso a paso, a través de los consejos de sus confesores, del paso del tiempo, de las mismas frustraciones y del peso de su enfermedad y reconocimiento de su caducidad, el valor de la prudencia y podrá tener la paciencia que le hace vencer sus “apremios”.

Los consejos del p. José Andrasz en noviembre de 1935, son iluminadores: “No hacer nada sin el consentimiento de las Superioras. Esta cuestión hay que reflexionarla bien y rezar mucho. En estas cosas hay que ser muy prudente, ya que usted, hermana, tiene aquí la voluntad de Dios segura y evidente, porque está unida a esta orden por los votos, perpetuos además; pues no debe haber dudas, y lo que tiene dentro de sí, son apenas relámpagos de la creación de algo. Dios puede hacer algún cambio, pero estas cosas suceden muy raramente. Hasta que usted no reciba un conocimiento más evidente, no tenga prisa. Las obras de Dios van lentamente; si son de Dios, los conocerá claramente y si no, se esfumarán y usted obedeciendo no se extraviará. Pero debe hablar de todo sinceramente con el confesor y escucharlo ciegamente.” (Diario 506).

Entonces, ¿qué es esta virtud que le reclama? Etimológicamente, la palabra deriva de “procul videre”, ver desde lejos, fijarse en el fin lejano que se intenta alcanzar. También se le llama buen juicio, capacidad de discernimiento. Es la recta razón en el obrar. Nos hace conocer y practicar los medios conducentes para obrar el bien. Se trata de la virtud de actuar de forma justa y adecuada. La virtud de la Prudencia nos permite reflexionar adecuadamente antes de tomar cualquier decisión.

Afirma santa Faustina: “Una virtud sin prudencia no es virtud... La prudencia se compone de: la reflexión, la consideración razonable y el propósito firme.” (Diario 1106). La persona que vive la virtud de la prudencia se distingue porque reflexiona antes de actuar o hablar, analiza las consecuencias buenas o malas para sí misma y para los demás, juzga de acuerdo a criterios rectos, consulta y como consecuencia, actúa o deja de actuar, de acuerdo con aquello que haya decidido.

Enemigos de la prudencia son la prisa, la precipitación, la falta de dominio que lleva a tomar decisiones imprudentes, las pasiones que ciegan al tomar las decisiones, la falta de formación y de consejeros adecuados.

¿Cómo se desarrolla la virtud en la persona? Guardando silencio y observando el transcurso de la situación a la que estamos abocados, distinguiendo, poniendo en la justa balanza lo que nos acontece, lo que oímos y vemos, midiendo lo que es importante y lo que no lo es, buscar bien la información que me permitirá decidir bien, ejercitando el dominio propio. Y ante todo ejercitándonos en la humildad, terreno propicio para la confianza y dependencia en la Providencia divina que nos lleva a vivir la paciencia.

En noviembre de 1937 el p. Miguel Sopoćko escribió una carta muy elocuente a santa Faustina; en ella le aconsejaba: “Cada virtud y cada obra cristiana debe ser, ante todo, prudente, ya que la prudencia es la guía de todas las virtudes. La prisa tanto se opone a la prudencia que muchos, al sentir algún apremio, expresamente se contienen de realizar la obra convencidos que la hacen mal. Dios tampoco recomienda darse demasiada prisa. Él mismo actúa tranquilamente de acuerdo con el plan hecho desde siempre. A sus siervos no les exige prisa, sino buen juicio y acciones prudentes. Los entendidos en la vida espiritual dicen que allí donde hay prisa; no hay actuación de Dios. Por eso tampoco nosotros debemos darnos demasiada prisa. Frenemos los apremios interiores, pidiendo la ayuda de Dios para que disponga las condiciones para actuar. Es mejor no hacer nada que hacer algo mal o a causa de la prisa, sin prudencia, desbaratar los planes Divinos. En toda esta causa veo la actuación de Dios, por eso aconsejo no apremiar, ya que para todo llegará su tiempo. Lo que Dios ha decidido, será, aunque se acumulen hasta los más grandes obstáculos, porque ¿quién es capaz de oponerse al Creador? [Carta del p. Sopoćko a santa Faustina. noviembre de 1937]

Podríamos definir, desde los consejos del p. Sopoćko y las reflexiones de santa Faustina un “Decálogo” del discípulo prudente:

1. La Prudencia es la "madre de todas las virtudes". Cada virtud y cada obra cristiana deben ser, ante todo, prudentes. [P. Miguel Sopoćko]. Las ilusiones se dan también en personas santas; a esto puede mezclarse, a veces alguna sugerencia del diablo y también alguna originada por nosotros mismos, por eso debe ser prudente. (Consejos del p. Bukowski, Diario 646).

2. Cuidado con los sentidos! En una vida donde intervienen los sentidos, uno está más expuesto a las ilusiones. Debería ser mayor la prudencia de ella misma [del alma] y de los confesores. (Diario 115).

3. Orar. Debemos rogar frecuentemente al Espíritu Santo por la gracia de la prudencia. (Diario 1106) y orar por el consejero para que el Espíritu Santo le ilumine, (cfr. Diario 647, 658). Pues “el Señor es quien da sabiduría, de su boca proceden la prudencia y la ciencia” (Prov 2, 6).

4. Reflexión. Cuando no se sabe qué es mejor, hay que reflexionar y examinar y pedir consejo porque no se puede actuar en la duda de la conciencia. (Diario 800)

5. Revisar las intenciones. Decirse a sí mismo: cualquier cosa que haga estaría bien hecha, tengo la intención de hacerla bien. Dios acepta lo que nosotros consideramos bueno, y Dios lo acepta y considera bueno. (Diario 800)

6. Buscar consejos y obedecer. Hablar de todo sinceramente con el confesor y escucharlo ciegamente. (P. J. Andrasz, Diario 506). Nadie hay que se baste siempre a sí mismo, es necesario contar con la ayuda de otras personas antes de tomar nuestras decisiones.

7. Frenemos los apremios interiores. ¡No a la prisa! Decía el Arzobispo R. Jalbrzykowski a santa Faustina en enero 8 de 1936: “Esta obra en sí es buena, pero no se debe tener prisa; si tal es la voluntad de Dios, tarde o temprano, se realizará. Esté completamente tranquila. Jesús puede todo; procure una estrecha unión con Dios y esté de buen ánimo.” (Diario 586) A su tiempo santa Faustina reflexionará así: Aunque siento un gran apremio, no puedo dejarme llevar por él y eso para no estropear Tu obra con mi prisa. (Diario 1389)

8. Darle tiempo al tiempo. “Para todo llegará su tiempo.” [p. Sopoćko] Santa Faustina dirá entonces: El pasado no me pertenece, el futuro no es mío, el tiempo presente trato de aprovecharlo con toda el alma. (Diario 351, vea también, 2, 62, 333)

9. Depender todo de la Voluntad Divina no de mis fuerzas o ideas. Aconseja el p. M. Sopoćko: Lo que Dios ha decidido, será, aunque se acumulen hasta los más grandes obstáculos, porque ¿quién es capaz de oponerse al Creador? Tal es para esto la voluntad de Dios que no cambiará a pesar de que muchas personas estarán en contra, pero nada logrará cambiar la voluntad de Dios. (Diario 1389)

10. Hacer lo que se pueda. No preocuparme si después de algún tiempo, aquellas cosas no resulten ser buenas. Dios mira la intención con la cual empezamos y según ella dará la recompensa. … bajo la mirada amorosa de Dios; no se turba si con el tiempo alguna cosa resulta menos lograda, ella está tranquila porque en el momento de obrar hizo lo que estaba en su poder. (Diario 800, 890)

Bien dicen que la Prudencia es la "madre de todas las virtudes". La prudencia es evidencia del camino hacia la perfección personal. Quien vive la prudencia conserva la paz interna porque su fuerza reside en el control de sí mismo. Actuar sin prudencia es gastar energía vanamente; y corremos el peligro de dañarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Sin ella no habrá buenas decisiones, nada realmente de provecho se logrará en la vida. En los momentos que nos sintamos apremiados a actuar e incluso a decir algo, con lo cual podríamos no estar haciendo el bien pensemos en esta virtud y digamos como santa Faustina: Oh Jesús mío, aunque siento un gran apremio, no puedo dejarme llevar por él y eso para no estropear Tu obra con mi prisa. (Diario 1389)

Que Dios obre como le guste. Nada logrará cambiar la voluntad de Dios. ¡Jesús en Ti confío!

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